El pastor David Jang medita en
Filipenses 4 sobre el contentamiento de Pablo en la cárcel, la generosidad de
Filipos y una fe que vive la deuda del amor.
En una habitación sobre la que ha caído
la oscuridad, unas manos ásperas se reúnen alrededor de un plato de patatas. Los comedores de patatas, de Van Gogh,
muestra que incluso en una mesa pobre permanece la calidez de compartir. El
mensaje sobre el contentamiento y el amor que el pastor David Jang, fundador de
Olivet University en Estados Unidos, transmite a través de Filipenses 4 se
parece a esta escena. La profundidad de la fe no se revela tanto en cuánto
poseemos, sino en si confiamos en Dios en cualquier circunstancia y en cómo
compartimos el amor que hemos recibido.
Desde la cárcel, Pablo confesó que
había aprendido a contentarse en medio de la necesidad, mientras que la iglesia
de Filipos, aunque no era económicamente próspera, no ignoró sus necesidades.
Un hombre no perdió la paz en medio de la carencia, y una comunidad no dejó de
amar a pesar de sus limitaciones. Filipenses 4 reúne estas dos imágenes dentro
de un mismo Evangelio y muestra cómo la fe que confía en Dios se transforma en
paz y en generosidad.
El mundo relaciona la satisfacción con
poseer cada vez más, pero la confesión de Pablo encuentra la fuente del
contentamiento en otro lugar. La entrega de la iglesia de Filipos también
demuestra que el amor no comienza únicamente cuando llega la abundancia. El
contentamiento es la fe que mantiene el corazón unido a Dios, y el compartir es
la manera en que esa fe alcanza al prójimo. Este sermón revela serenamente que
ambos caminos nacen, en última instancia, de una misma gracia.
Las puertas de la cárcel estaban cerradas, pero la fe que sabe
contentarse no podía ser encarcelada
La fe de Pablo no era una teoría que
permaneciera únicamente en su mente. Él vivió en la práctica la verdad que
había aprendido, y la iglesia de Filipos también convirtió la Palabra recibida
en un amor concreto. Sus miembros conocían las dificultades de Pablo, pero no
se limitaron a orar por él. Actuaron de manera concreta para suplir sus
necesidades. La verdad deja de ser únicamente conocimiento personal y se
convierte en un Evangelio que da vida a la comunidad cuando es llevada a la
práctica.
El pastor David Jang presenta la
armonía entre la teoría y la práctica como una señal importante de madurez
espiritual. Una persona puede poseer abundante conocimiento bíblico, pero si su
corazón no se conmueve ante el dolor y las necesidades de los demás, ese
conocimiento todavía no se ha convertido en el lenguaje de su vida. Entre
comprender el amor y amar realmente siempre existe una decisión. La iglesia de
Filipos atravesó esa distancia mediante su entrega.
Por eso, la profundidad de la fe no
puede medirse solamente por la cantidad de enseñanzas que una persona es capaz
de explicar. Lo importante es si la Palabra aprendida transforma su actitud
hacia las posesiones, cambia su manera de contemplar las dificultades de los
demás y la impulsa a extender voluntariamente la mano. El Evangelio es una
verdad que debe ser explicada, pero también vivida. Una fe que todavía no se ha
traducido en acciones se parece a una semilla que espera dar fruto.
La distancia entre la Palabra y la vida
se manifiesta más claramente en los días comunes que en los grandes
acontecimientos. Podemos conocer lo correcto y, aun así, cerrar el corazón para
evitar una pérdida. Podemos hablar del amor y, al mismo tiempo, ignorar las
necesidades de otra persona. Sin embargo, la fe se vuelve real cuando dejamos
de preguntar primero si algo nos beneficia y damos un paso en la dirección
enseñada por el Evangelio. Esos pequeños actos de obediencia construyen la
confianza de la comunidad y dan testimonio de la verdad de la Palabra.
Conservar el centro de la gracia entre la escasez y la abundancia
El contentamiento del que habló Pablo
no era la tranquilidad de una persona que desconocía el sufrimiento. Privado de
libertad y enfrentado a la carencia material y al aislamiento, confesó desde la
cárcel que había aprendido a contentarse cualquiera que fuera su situación. Su
paz no era una emoción surgida porque las circunstancias hubieran mejorado,
sino una serenidad interior nacida de confiar en un Dios mayor que todas ellas.
El contentamiento no es una resignación que niega la realidad, sino una fe que reconoce
la soberanía de Dios en medio de ella.
Pablo sabía vivir en la escasez y
también en la abundancia. La necesidad no pudo entregarlo a la desesperación, y
la prosperidad tampoco pudo encadenar su corazón al orgullo. Cuando le faltaba
algo, se aferraba a la certeza de que Dios conocía sus necesidades. Cuando
disfrutaba de abundancia, no actuaba como si aquella prosperidad procediera
únicamente de sus propias fuerzas. Sus circunstancias cambiaban, pero el centro
que sostenía su vida permanecía inalterable.
La confesión «Todo lo puedo en Cristo
que me fortalece» también debe ser comprendida dentro de este contexto. No es
una declaración de que una persona puede alcanzar todo cuanto desea, sino una
confesión de confianza: mediante la fortaleza que Dios concede, es posible
atravesar y soportar tanto la escasez como la abundancia. El secreto del
contentamiento no se encuentra en la fuerza de voluntad humana ni en la
insensibilidad ante el sufrimiento. La certeza de que Dios conoce y dirige
nuestra vida vuelve a llamar al corazón inquieto hacia la paz.
El contentamiento no se completa
mediante una sola decisión. Pablo aprendió a confiar en Dios mientras
atravesaba sufrimientos repetidos, y fue entrenado en la serenidad a través de
los altibajos de la vida. La carencia que vivimos hoy tampoco tiene por qué
permanecer únicamente como un obstáculo que destruye nuestra fe. Puede
convertirse en un tiempo que revele con honestidad dónde están arraigadas
nuestra satisfacción y nuestra seguridad.
La escasez y la abundancia ponen a
prueba el corazón de maneras diferentes. La carencia puede alimentar la queja y
el temor, mientras que la abundancia puede despertar el orgullo y la ilusión de
que somos autosuficientes. Por eso, el contentamiento no es una virtud
necesaria solamente para quienes poseen poco. Es la actitud de no desplazar a
Dios del centro de la vida bajo ninguna circunstancia. Esa era la serenidad
espiritual que Pablo había aprendido.
El amor ofrecido por manos pobres edifica la comunidad del
Evangelio
La generosidad de la iglesia de Filipos
no fue una obra de caridad cómoda, realizada con aquello que sobraba. Aunque
sus miembros no disfrutaban de abundancia económica, hicieron suyas las
necesidades de Pablo y participaron en su ministerio mediante el apoyo
material, la oración y el ánimo. La grandeza del amor no siempre es
proporcional a la cantidad de bienes que una persona posee. La autenticidad del
amor se revela más bien en aquello a lo que nos aferramos y en lo que decidimos
entregar cuando nosotros mismos atravesamos limitaciones.
El sermón contrasta la entrega de la
iglesia de Filipos con la actitud de la iglesia de Corinto, que poseía más
recursos, pero se mostraba mezquina. Tener muchas posesiones no produce
automáticamente un corazón generoso, del mismo modo que poseer poco no impide
practicar el amor. Los bienes materiales pueden convertirse en instrumentos
para expresar amor, pero la verdadera fuente del amor es la confianza en Dios y
la entrega a Él. La iglesia de Filipos consideró más importante la relación
formada dentro del Evangelio que sus propias circunstancias.
Pablo no recibió su ayuda como si se
tratara únicamente de un obsequio personal. En aquella generosidad reconoció la
comunión espiritual que existía entre él y la iglesia de Filipos, y la
consideró una ofrenda fragante presentada ante Dios. No solo fueron suplidas
las necesidades de Pablo; la comunidad que había compartido sus bienes también
creció en la fe. El amor que se da y se recibe no beneficia solamente a una de
las partes, sino que une más profundamente a todos dentro del Evangelio.
Aquella generosidad no consistió
simplemente en trasladar recursos materiales de unas personas a otra. La
iglesia de Filipos no consideró el ministerio de Pablo como una tarea ajena y
distante. Al participar en sus dificultades, también participó en la obra del
Evangelio. Cuando compartimos la carga de otra persona, la comunidad deja de
estar unida únicamente por palabras y experimenta una comunión real. El amor no
es una debilidad que hace a las personas dependientes unas de otras, sino una
fuerza que las afirma con mayor firmeza en la fe.
La comunidad de la iglesia no es
solamente una reunión de personas que adoran en un mismo espacio. Es un lugar
donde se observan mutuamente las necesidades, se anima a quienes están
desalentados y se comparten las cargas que alguien había estado soportando en
soledad. El amor que este sermón presenta no permanece en el terreno de las
emociones o de la buena voluntad. Amar significa saber reconocer las
dificultades del otro y obedecer permaneciendo realmente a su lado.
Cuando recordamos la deuda del amor, la esperanza vuelve a fluir
La enseñanza de Pablo —«No tengan con
nadie otra deuda que la del amor»— libera el amor de toda lógica de cálculo. El
amor recibido de Dios no es una deuda que pueda pagarse y darse por concluida.
Es una gracia que debemos transmitir a otras personas durante toda nuestra
vida. Cuando conservamos el amor recibido únicamente como un consuelo personal,
la fe se encierra fácilmente en sí misma. Pero cuando lo compartimos, la gracia
se convierte en una fuerza que da vida a alguien y edifica a la comunidad.
Vivir la deuda del amor no se limita a
ofrecer ayuda material. La oración por otra persona, las palabras de ánimo que
sostienen un corazón cansado, el interés por sus necesidades espirituales y la
entrega de nuestro tiempo y nuestras fuerzas son también lenguajes concretos
del amor. El pastor David Jang subraya que quien recuerda el amor recibido de
Dios es llamado a compartir nuevamente ese amor. La iglesia debe ser
precisamente una comunidad en la que el amor no se estanca, sino que continúa
fluyendo.
La deuda del amor no consiste en
devolver a una persona exactamente la misma cantidad que recibimos de ella. Es
una orientación de vida que recuerda la gracia recibida y se entrega ante las
necesidades de otras personas. Quien ha recibido amor no obtiene solamente el
derecho de conservar esa gracia, sino también la responsabilidad de amar de
nuevo. De esta manera, el amor que alcanzó a una persona continúa su camino
hacia otra y se convierte en esperanza para toda la comunidad.
El contentamiento y el amor no son dos temas separados. Quien encuentra su satisfacción en Dios puede compartir porque ya no está esclavizado por sus posesiones. Y quien comparte amor contempla la gracia con la que Dios provee como algo mayor que aquello que actualmente tiene en sus manos.
El contentamiento libera el corazón, y el amor muestra hacia dónde debe dirigirse esa libertad.
La paz recibida mediante la fe debe
fluir finalmente hacia el servicio al prójimo.
Pablo, que pudo dar gracias incluso en
la cárcel, y la iglesia de Filipos, que pudo enviar amor aun en medio de la
pobreza, compartían un mismo secreto. La fuerza que sostenía sus vidas no
procedía de la abundancia de sus circunstancias, sino de su confianza en Dios.
Y esa confianza se convirtió, mediante la generosidad, en un amor visible. Hoy
nuestras circunstancias pueden cambiar, y también puede variar la cantidad de
lo que poseemos. Sin embargo, en medio de esos cambios, ¿permanecemos en Dios y
hacemos fluir hacia alguien cercano la gracia que hemos recibido?
Acerca del pastor David Jang
El pastor David Jang es el fundador de Olivet University en Estados Unidos.


