El
pastor David Jang, de Olivet University, medita en Isaías 50:4: oír a Dios y
anunciar vida por el evangelio, la cruz, la resurrección y el Espíritu.
Detrás
de una puerta cerrada, una persona intenta hablar desesperadamente, pero lo
único que llega hasta su familia son sonidos incomprensibles. La escena más
escalofriante que deja La metamorfosis de Kafka no es tanto la
transformación física como la ruptura en la que las palabras de unos ya no
consiguen alcanzar a los otros. La predicación del pastor David Jang, fundador
de Olivet University en Estados Unidos, sobre Isaías 50:4 convierte esa ruptura
en una pregunta espiritual: ¿cómo pueden restaurarse los oídos que no escuchan
cuando Dios llama y la lengua que no sabe ofrecer palabras de vida a quien está
abatido?
La
gracia despierta primero el oído cerrado
El
pueblo de Isaías 50 se encuentra en la oscuridad del exilio. Sin embargo, lo
primero que Dios revela no es el hecho de haberlo abandonado, sino la verdad de
que nunca lo abandonó. Dios pregunta dónde está el acta de divorcio con la que
habría despedido a su pueblo y a cuál de sus acreedores lo habría vendido. La
causa del exilio no fue que el amor de Dios se hubiera enfriado ni que su mano
salvadora se hubiera acortado, sino el pecado y la desobediencia de un pueblo
que rechazó su Palabra.
Por
eso, la crisis más profunda que revela el pasaje no es un entorno devastado,
sino un oído cerrado. Cuando una persona no responde aunque Dios la llame y no
recibe con el corazón la Palabra que escucha, puede estar rodeada de sonidos y,
sin embargo, permanecer encerrada en un silencio espiritual. Quien no escucha
la voz que debe escuchar acaba guardando silencio cuando debería hablar o
pronunciando palabras que no ofrecen ninguna ayuda a la persona herida. La
cuestión central de la predicación no es primero la capacidad de la lengua,
sino la obediencia del oído.
Una
tribulación larga y severa revela en qué hemos apoyado nuestra vida. Aunque
cambien las formas del culto y de las reuniones, y aunque se altere el orden de
nuestra vida cotidiana, Dios no ha abandonado a su Iglesia. Más bien, el
mensaje de la Palabra nos recuerda que la familia es el último baluarte y que
debemos orar y velar para que padres e hijos, esposos y esposas, no se
dispersen. La restauración de la comunidad no comienza con grandes consignas
pronunciadas a lo lejos, sino volviendo a escuchar el gemido de quien tenemos
más cerca.
En
Isaías 50:4, Dios entrega al Siervo sufriente una «lengua de sabios» y
despierta cada mañana su oído para que escuche como los sabios. Esta profecía
encuentra su cumplimiento definitivo en Jesucristo y, al mismo tiempo, se
interpreta como una palabra que también se aplica a quienes están en Cristo.
Las palabras que levantan al abatido no nacen de un talento desarrollado
únicamente por el ser humano, sino de la gracia que primero le permite escuchar
la voz de Dios.
La
expresión «cada mañana» contiene un orden fundamental de la vida de fe. El oído
debe abrirse antes de que se mueva la lengua; hay que aprender antes de
enseñar; y, antes de levantar a otra persona, uno mismo debe ser levantado por
la Palabra. La meditación bíblica no es un tiempo dedicado solamente a llenar
la mente de conocimientos, sino un momento en el que el corazón endurecido
vuelve a ser afinado para responder al llamado de Dios. La fe se hace visible
en la obediencia que recibe la Palabra escuchada como dirección para la vida.
El
evangelio escucha primero el nombre de la persona abatida
La
lengua de los sabios no se refiere a la elocuencia brillante de quien posee
muchos conocimientos. El pasaje sitúa el propósito de esa lengua en «saber
sostener con una palabra al cansado». El lenguaje del evangelio no es un medio
para demostrar la capacidad de quien habla, sino un canal para entregar las
palabras necesarias a fin de que un alma agotada pueda levantarse nuevamente.
Por eso, una palabra verdadera siempre comienza escuchando la situación de la
otra persona.
El
pastor David Jang subraya que, por excelente que sea una lengua, si no está
arraigada en la Palabra de Dios y en el Espíritu Santo, se convierte en una
lengua sin poder. Las palabras humanas pueden conmover las emociones durante un
momento, pero el poder para revelar el pecado, conducir al arrepentimiento y
hacer nacer la esperanza de vida procede de Dios. Por eso, la autoridad del
evangelio no se encuentra en el volumen de la voz ni en la sofisticación de las
expresiones. Depende de dónde brota esa palabra y de a quién busca dar vida.
Cuando
abundan las palabras sin un oído que escuche, la verdad se distorsiona con
facilidad. Un consejo dado sin escuchar suficientemente el dolor ajeno puede
parecer correcto y, aun así, convertirse en una herida. El entusiasmo que no
pregunta por la voluntad de Dios puede oprimir a las personas en lugar de
edificarlas. El oído de los sabios no es simplemente la capacidad de recibir
correctamente determinadas palabras, sino una sensibilidad espiritual que
discierne al mismo tiempo la voz del Espíritu y el gemido de quien está
abatido. Solo quien escucha de esa manera puede ofrecer en el momento oportuno
consuelo y reprensión, verdad y amor.
Esta
predicación explica el camino por el que la lengua es purificada mediante las
imágenes de las lágrimas y del fuego. Cuando las lágrimas del arrepentimiento,
nacidas del reconocimiento y el dolor por el pecado, lavan el corazón, y cuando
el fuego del Espíritu Santo consume los hábitos pecaminosos acumulados durante
años, también el lenguaje de la persona comienza a renovarse. Una lengua que no
ha pasado por el arrepentimiento puede hablar de la verdad y, sin embargo, caer
fácilmente en la condenación; puede hablar del amor y, al mismo tiempo, ocultar
su propia justicia. Solo quien ha visto derretirse su propia dureza aprende a
no tratar con ligereza las heridas ajenas.
Las
palabras que dan vida no nacen primero de una boca muy instruida, sino de un
corazón quebrantado delante de la Palabra. Sin minimizar el pecado,
muestran al pecador el camino de regreso; sin diluir la verdad, no aplastan a
la persona cansada. Allí donde la gracia y la verdad no se separan, la lengua
se convierte finalmente en un instrumento del evangelio.
Del
silencio de la cruz nace la palabra de la resurrección
El
Siervo sufriente contemplado por Isaías se revela plenamente en Jesucristo. Las
palabras de Jesús tenían autoridad, pero esa autoridad no se manifestó evitando
el sufrimiento ni exaltándose a sí mismo. Él levantó con su Palabra a quienes
estaban abatidos y, obedeciendo la voluntad del Padre, recorrió el camino de la
cruz. Pedir la lengua de los sabios no significa únicamente desear hablar como
Jesús, sino orar para recibir también el amor, la humildad y la obediencia que
eran inseparables de sus palabras.
La
insistencia del sermón en que «no hay resurrección sin cruz» no pretende
exaltar el sufrimiento en sí mismo. Expresa el orden del evangelio, que se
niega a convertir la resurrección en un optimismo superficial que evade la
realidad. En la cruz se revelaron al mismo tiempo la justicia y el amor de
Dios, y mediante la resurrección se abrió el camino hacia la vida eterna. Por
eso, la esperanza que proclama la Iglesia no es un consuelo indefinido, sino un
testimonio de fe que, incluso al atravesar el sufrimiento, permite contemplar
finalmente la vida.
El
hecho de que Jesús resucitado enseñara durante cuarenta días acerca del reino
de Dios y dispusiera que sus discípulos esperaran al Espíritu Santo prometido
también pertenece a este mismo orden. El Consolador prometido en el discurso de
despedida no dejaría huérfanos a los discípulos, sino que les enseñaría las
palabras de Jesús y las traería nuevamente a su memoria como Espíritu de
verdad. Cuando el Espíritu Santo descendió en Pentecostés, la boca de
discípulos comunes se convirtió en una lengua que proclamaba el evangelio con
valentía. Primero escucharon, esperaron y recibieron al Espíritu; después
fueron enviados al mundo.
La
reflexión teológica del pastor David Jang no deja esta historia encerrada en
una escena extraordinaria del pasado. Hoy continúan con la Iglesia el mismo
Jesús, el mismo Espíritu Santo y el mismo evangelio, y la Palabra permanece
cerca de nuestra boca y de nuestro corazón. El problema no es que Dios no nos
haya dado nada, sino que nos volvemos insensibles a la Palabra que ya está
siendo pronunciada o no utilizamos la gracia que hemos recibido. Más que buscar
constantemente un lenguaje novedoso, la Iglesia debe preguntarse de nuevo cómo
el evangelio de siempre puede convertirse hoy en una palabra de vida para las
almas abatidas.
Lo
que la Iglesia debe dejar al mundo son palabras que dan vida
La
lengua de los sabios no se demuestra únicamente dentro del templo. Cuando
cuidamos de los pobres y los enfermos, no apartamos la mirada del sufrimiento
de los encarcelados y oprimidos, y ofrecemos al mismo tiempo consuelo, oración
y ayuda concreta, la palabra adquiere un cuerpo en la vida. Si el evangelio se
dirige al alma, no puede pasar con indiferencia ante la realidad que esa alma
está soportando. La práctica del amor y la proclamación de la verdad no son dos
opciones que puedan sustituirse mutuamente, sino un único camino que debe
recorrerse en conjunto.
La
Iglesia no debe ser un grupo más autoritario que el mundo, sino una comunidad
que sirve adoptando la forma de un siervo. Al mismo tiempo, tampoco debe perder
la verdad en nombre del amor. Cuando abundan las palabras sin un oído que
escuche, el evangelio se inclina hacia la condenación; cuando se escucha sin
tener el valor de hablar, se permanece en silencio delante del sufrimiento.
Solo cuando conviven un oído que aprende con humildad y una lengua que
testifica con valentía puede la Iglesia mostrar, en medio de la tribulación, la
razón de su esperanza.
La
Palabra que enseña que la tribulación produce paciencia, la paciencia carácter
probado y el carácter probado esperanza no idealiza el sufrimiento. Muestra
que, cuando atravesamos el tiempo apoyados en la fe de que Dios no nos ha
abandonado, incluso una comunidad herida puede ser formada como un recipiente
capaz de acoger a otra persona. Proteger a la familia, abrir cada día el oído
delante de la Palabra y secar las lágrimas de quien está abatido forman parte
de una misma misión. La unión de esas pequeñas obediencias convierte a la
Iglesia en una comunidad que ofrece al mundo palabras de vida.
El
lenguaje del evangelio no es la técnica de alzar la voz ante el mundo, sino la
palabra de vida que una persona, después de escuchar profundamente la voz de
Dios, ofrece junto a quien está abatido. Hoy nuestra boca ya tiene
preparadas muchas palabras. Pero ¿proceden realmente de lo que hemos escuchado
de Dios, o son solamente el ruido producido por nuestra ansiedad y nuestro
orgullo? Y, en este momento, ¿quién es la persona que está a mi lado y a la que
primero debo escuchar en silencio?
Video del sermón de David Jang:


