El significado de los gemidos indecibles y la intercesión del Espíritu Santo | Pastor David Jang (Olivet University, Estados Unidos)

¿Qué son los gemidos indecibles y cómo nos ayuda el Espíritu Santo cuando no sabemos qué pedir en oración? A partir del sermón del pastor David Jang sobre Romanos 8:26–27, reflexionamos sobre la inter

Pastor David Jang


A veces tenemos muchas peticiones de oración, pero nos quedamos sin palabras porque no sabemos qué sería correcto pedir. La intensidad de nuestro anhelo, por sí sola, no nos permite discernir si nuestros deseos concuerdan con la voluntad de Dios. En medio de ese desconcierto, el sermón del pastor David Jang, fundador de Olivet University en Estados Unidos, sobre Romanos 8:26–27 dirige nuestra mirada hacia la intercesión del Espíritu Santo. La expresión «gemidos indecibles» nos habla del Espíritu, que nos ayuda en nuestra debilidad e intercede personalmente por nosotros conforme a la voluntad de Dios.


Cuando reconocemos que no sabemos qué pedir


Pablo reconoce: «No sabemos qué pedir como conviene» (Romanos 8:26). Podemos hablar extensamente de lo que deseamos y, aun así, ignorar qué es apropiado pedir. No podemos prever el futuro ni comprender plenamente nuestro propio corazón. La debilidad de quien ora va mucho más allá de su capacidad para expresarse: alcanza los límites de su discernimiento y del conocimiento que tiene de sí mismo.


Al examinar aquello que creemos que tiene que hacerse realidad, a veces descubrimos el temor que se mezcla con ese deseo. En el anhelo de hacer el bien puede infiltrarse el afán de reconocimiento, y una oración en busca de estabilidad puede entrelazarse con la obsesión por controlarlo todo según nuestra voluntad. El problema es que nos cuesta advertir por nosotros mismos todo lo que hay en nuestro corazón. Estar seguros de saber lo que queremos no significa que sepamos qué es correcto pedir.


Cuando reconocemos estos límites, también cambia nuestra actitud al orar. Quien antes presentaba a Dios una conclusión y esperaba que la cumpliera tal cual descubre ahora la necesidad de pedirle que examine sus deseos y lo guíe. Expresamos nuestras necesidades, pero también ponemos nuestro propio criterio ante Dios, dispuestos a dejarnos orientar. La oración se convierte en un tiempo para reconocer lo que no sabemos y pedir dirección, más que para demostrar cuánto sabemos.


Sin embargo, reconocer nuestra debilidad no debe llevarnos a quedarnos en la idea de que no valemos nada. La confesión de Pablo de que no sabemos qué pedir va acompañada de la promesa de la ayuda del Espíritu Santo. Si pensamos que primero tenemos que superar nuestras deficiencias para poder orar, incluso acercarnos a Dios se convierte en una tarea más que cumplir. Al afirmar que el Espíritu Santo está ayudando a los creyentes en su debilidad, Pablo nos muestra el fundamento para acudir a Dios tal como somos.


Los gemidos del Espíritu son una súplica por nosotros


Romanos 8:26 afirma: «El Espíritu también nos ayuda en nuestra debilidad». Es también el Espíritu Santo quien intercede con los gemidos indecibles que se mencionan a continuación. En el centro de este pasaje está quien intercede personalmente por los creyentes en su debilidad. Aun cuando no sabemos qué pedir, el Espíritu Santo sigue cuidando de nosotros.


El pastor David Jang ve en estos gemidos el profundo amor y la misericordia de Dios hacia los creyentes. Cuando nos detenemos demasiado en nuestras limitaciones, podemos llegar a pensar que Dios también se impacienta con nosotros. Sin embargo, en los gemidos del Espíritu que describe el sermón hay un amor que nos acoge en nuestra debilidad y viene en nuestra ayuda. El creyente puede así dejar atrás la presión de aparentar una mayor piedad y presentar ante Dios los temores y la confusión que realmente lleva dentro.


El versículo 27 aclara aún más el fundamento de este consuelo. Dios, que examina los corazones, conoce la intención del Espíritu, y el Espíritu intercede por los creyentes conforme a la voluntad de Dios. Aunque nuestro conocimiento de nosotros mismos sea incompleto y nos cueste expresarnos, la oración no queda encerrada en esas limitaciones. Aun cuando no sabemos qué pedir, el Espíritu intercede por nosotros conforme a la voluntad de Dios.


Por eso, al orar con fe en la intercesión del Espíritu, confiamos nuestros deseos a Dios. No tenemos que dar por seguro que un resultado corresponde a la voluntad de Dios solo porque lo deseamos intensamente. Podemos expresar sinceramente lo que anhelamos y, al mismo tiempo, entregarle esos deseos para que también los examine. Esta confianza nos permite ir dejando de aferrarnos a nuestra propia voluntad, incluso mientras esperamos una respuesta.


Este camino de oración nos ha sido concedido por gracia mediante la obra redentora de Jesucristo y la presencia del Espíritu Santo, que habita en nosotros. El Espíritu Santo, el otro Consolador prometido por Jesús, acompaña y ayuda a los creyentes a lo largo de su vida (Juan 14:16). En lugar de esforzarnos por demostrar que somos dignos cada vez que oramos, podemos pedir ayuda al amparo de la gracia que ya hemos recibido. Saber que el Espíritu intercede por nosotros nos da confianza incluso cuando nuestra oración es imperfecta.


Nuestros deseos cambian al buscar la voluntad de Dios


Si la intercesión del Espíritu se orienta hacia la voluntad de Dios, también nosotros, al orar, nos vemos llamados a examinar nuestros deseos. Nos preguntamos no solo qué queremos obtener, sino también por qué lo queremos. Mientras pedimos que se resuelvan nuestras dificultades, podemos reflexionar sobre qué clase de personas debemos ser en medio de ellas. La oración comienza a cambiar tanto en el contenido de nuestras peticiones como en la actitud con la que las hacemos.


El sermón examina los motivos de la oración a la luz de Santiago 4:2–3. Este pasaje nos invita a preguntarnos si nuestras peticiones están impulsadas por el afán de satisfacer deseos egoístas. El mero hecho de que una respuesta tarde en llegar no nos permite juzgar los deseos ni la fe de otras personas. Al aplicar este pasaje a nuestra propia vida, el arrepentimiento comienza cuando reconocemos los deseos que habíamos disfrazado de buenas intenciones y nos apartamos de ellos.


El hombre que pide pan a medianoche en Lucas 11 nos muestra otra dirección que puede tomar la oración. El sermón encuentra una motivación de amor en el hecho de que ese hombre busca alimentar a un huésped que ha llegado de viaje. En su petición están presentes tanto el pan que falta en su casa como la persona que necesita comer en ese momento. Cuando la mirada de quien ora se amplía hacia el prójimo, también cambia de manera concreta el motivo de su petición.


Esta escena también plantea una pregunta a quienes oramos por nuestras propias dificultades. Podemos preguntarnos si, al desear que nos vaya bien en lo que hacemos, tenemos presentes las necesidades de las personas a las que debemos cuidar mediante esa labor. A la oración que antes buscaba un resultado favorable para nosotros se suma una súplica por fuerzas para servir a alguien más. Aprender la voluntad de Dios se relaciona así con una vida en la que examinamos honestamente nuestros deseos y aprendemos a orientarnos hacia el amor.


Cuando la oración conduce a la obediencia cotidiana


La afirmación de que la oración transforma a las personas toca de cerca la realidad de quienes siguen cayendo una y otra vez incluso después de haber creído en Jesús. Después de la justificación, por la cual somos declarados justos por la gracia de Cristo, continúa el camino de la santificación, en el que vamos pareciéndonos cada vez más a Cristo. También en ese camino necesitamos la ayuda del Espíritu Santo. La gracia recibida al comienzo de nuestra salvación sigue sosteniéndonos hoy, mientras luchamos contra el pecado.


El pastor David Jang encuentra en la obra del Espíritu Santo la fuerza que impulsa la santificación. Al mismo tiempo, subraya que una vida que depende del Espíritu va acompañada de obediencia y acciones concretas. Tal como Pablo exhorta a andar en el Espíritu, la voluntad de Dios que discernimos en la oración se vincula con nuestras decisiones de cada día (Gálatas 5:16). Quien pide la ayuda del Espíritu también examina ante Dios las acciones de las que debe hacerse responsable.


Por ejemplo, si al orar descubrimos nuestro egoísmo, podemos revisar las decisiones que lo han alimentado. Si necesitamos reconocer un error, podemos reducir las excusas; si nos viene a la mente una necesidad del prójimo, podemos buscar una forma de ayudar que esté a nuestro alcance. Si nos cuesta poner en práctica lo que ya hemos comprendido, podemos presentar también esa dificultad ante Dios y pedirle fuerzas. De este modo, la oración y la obediencia se enlazan y van produciendo cambios en nuestra vida cotidiana.


Si buscamos los frutos de la oración únicamente en las circunstancias externas, es fácil que pasemos por alto estos cambios. El sermón señala que la actitud y los valores de quien ora pueden transformarse antes de que cambie la situación que lo rodea. Una persona que antes solo se sentía tranquila si todo salía conforme a sus deseos aprende a confiar el resultado a Dios y a pedir fuerzas para cumplir con lo que hoy le corresponde. Incluso mientras persisten problemas sin resolver, quien los afronta puede ser renovado con la ayuda del Espíritu Santo.


Por supuesto, el cambio no siempre es rápido ni evidente. Cuando volvemos a encontrarnos ante el mismo error, podemos sentir que el tiempo dedicado a orar ha sido en vano. Sin embargo, el camino de la santificación también incluye reconocer nuestros fracasos y arrepentirnos. Más que apresurarnos a buscar pruebas de que somos mejores que ayer, necesitamos afrontar con sinceridad el pecado que hoy ha quedado al descubierto. Cuando pedimos ayuda al Espíritu sin considerar nuestro fracaso como la última palabra, podemos aferrarnos a la esperanza de volver a obedecer.


Hoy, al cerrar los ojos para orar, quizá descubramos que nuestro corazón necesita tanta atención como el resultado que anhelamos. Podemos presentarlo ante Dios sin ocultar nada y aprender, al mismo tiempo, qué debemos pedir y cómo debemos vivir. Si confío en el Espíritu Santo, que intercede por mí con gemidos indecibles, ¿qué puedo poner hoy en manos de Dios y para qué acto de obediencia puedo pedirle fuerzas?


El Dr. David Jang ha llevado el evangelio a diversas regiones del mundo a través de la misión en el campo y del ministerio de medios digitales. Como fruto de ese ministerio, se han levantado muchas personas dedicadas a la Gran Comisión. Sobre la base de esta visión misionera, Olivet comenzó inicialmente como una pequeña escuela eclesiástica para la formación de misioneros. Posteriormente, con el fin de ofrecer una educación teológica más sistemática y formar líderes misioneros, en el año 2000 se establecieron el Colegio Teológico y el Seminario Olivet en Los Ángeles y Seúl.


A medida que la escuela crecía, el Dr. Jang fundó oficialmente Olivet University en San Francisco en 2004. En medio de la diversidad y el ambiente dinámico de San Francisco, Olivet amplió sus áreas educativas, centradas en la teología, hacia campos como la música, el periodismo, el arte y diseño, y la tecnología. Además, fortaleció su capacidad académica incorporando a profesores como el Dr. William Wagner, y en 2005 se trasladó al antiguo campus de extensión del centro de UC Berkeley, consolidando aún más sus bases como universidad.


En 2006, el Dr. Jang cedió el cargo de rector al Dr. David James Randolph para concentrarse más plenamente en la obra misionera, y dirigió el ministerio misionero mundial como presidente internacional. Posteriormente, Olivet University obtuvo la acreditación institucional en 2009, añadió la Facultad de Educación Lingüística y la Escuela de Negocios, y continuó creciendo como una institución educativa cristiana para la misión mundial, ampliando sus programas de grado y sus relaciones de cooperación internacional.


Sitio web oficial de David Jang: www.davidjang.org



작성 2026.10.22 12:41 수정 2026.10.22 12:41

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